miércoles, 15 de noviembre de 2017

Una palabra lo resume todo: TERROR




Paul Sheldon eras un escritor de éxito y Misery Chastain su gallina de los huevos de oro. Misery era el protagonista de una larga serie de novelas románticas que habían enganchado a miles de personas con sus enrevesados argumentos de amores y desamores situados en la época victoriana. Pero todo tiene un final y Paul decidió ejecutar su poder omnímodo como creador de su personal universo de letras y acabar con Misery. Con la intención de pasar página y demostrar al mundo que era capaz de escribir algo más que romances edulcorados se encerró a escribir su próxima novela. Con la novela terminada, Paul emprende el camino de regreso a casa, pero es sorprendido por una tormenta de nieve y sufre un accidente que lo deja inconsciente en una cuneta con ambas piernas fracturadas. Afortunadamente Paul es rescatado por Annie Wilkes, una enfermera que lo lleva a su casa y comienza a cuidarlo. Lamentablemente Annie no utiliza sus conocimientos de la forma habitual y la situación acaba con el pobre Paul sufriendo las consecuencias del encierro y de las “terapias” de Annie.

Supongo que el que quiera saber cómo termina esta historia no tiene más que leer el libro o ver la película, ambas cosas tremendamente recomendables. Lo que os voy a pedir partir de este punto es que me acompañéis en un ejercicio mental a través de una de las situaciones más comunes y terroríficas que viven las personas que terminan en una cama de hospital como es el delirio. Para que este viaje se haga más llevadero y más real, vamos a aprovecharnos de la experiencia como paciente de Nancy Andrews, una pintora y dibujante, que en su blog http://www.nancyandrews.net/delirious.html nos muestra lo aterrador que puede ser el mundo desde una cama de cuidados intensivos. Nancy paso dos semanas en la UCI después de una compleja operación. Su mundo se fue deformando hasta adaptarse al coctel dolor-privación de sueño-confusion-sonidos desconocidos-analgesicos. A los pocos días Nancy ya vivía en un infierno del que le costó meses y largas terapias salir.
Creo que la mejor forma de entender lo que los pacientes con delirio viven durante su estancia en el hospital es intentar recrear ese universo en el que la realidad y el delirio se mezclan. Para ello utilizaremos algunas frases con las que Nancy describe su experiencia en la UCI.




Era una conspiración. Una red de predadores sexuales fotografiaba a los pacientes, incluida a mí, en las posiciones más inapropiadas, y las subían como pornografía a internet. Intentaba detenerlos…





Yo intentaba salir de la cama, convencida de que estaba prisionera de forma injusta.  





La UCI es una cámara de tortura. Estar conectado a un respirador es una pesadilla, y te arrebata la capacidad de comunicarte. 




Si estas agitado te atan a la cama para que no te hagas daño a ti mismo. Posiblemente tengas dolor debido a la enfermedad y recibas potentes analgésicos. Nunca piensas que acabarás en esa situación.


Las enfermeras estaban implicadas en la red de pornografía y trataban de matarme. 

Toda esa realidad se mezcla con alucinaciones. Ir al escáner en la cama era para mí un viaje hacia la muerte. Me llevaban a una sala en la que pudiesen ejecutarme sin testigos.







Yo intentaba recoger todas las pruebas, pero ellas las escondían en los botes amarillos en los que dejaban las agujas y los bisturís que ya habían utilizado.






Todo esto parece absurdo ahora, pero en ese momento era real.



Si tuviese que resumir mi experiencia en UCI la palabra adecuada seria “terror”. Ademas de todas aquellas alucionaciones en las que querían matarme, había otras en las que veía hormigas en las caras de la gente, cosas extrañas dentro de los sueros…



  
En pocas palabras, el delirio es estar muy enfermo y que te cuide Annie Wilkes en su maravillosa casa.



 Estos son unos ejemplos de los dibujos de Nancy tratando de ilustrar su vivencia en la UCI.







miércoles, 8 de noviembre de 2017

BUENAS NOCHES

Aunque creamos haber visto tu cara entre el bullicio de la multitud, la verdad es que ya no estás aquí. 

No he sido tu amistad más antigua , ni siquiera sé si en tu escala de valores habré llegado hasta el escalafón de amistad, que me disculpen quienes fueron tus amigas más cercanas. Perdona si me confundo,  pero es que siempre nos hemos tratado con la familiaridad de quien habla de cualquier cosa sin esconder nada. Así fue como, cuando nos conocimos, me contaste que estabas enferma y que ya no ibas a trabajar nunca más. Sin pena, con optimismo.

Ya no estás aquí, pero has dejado trocitos de ti entre quienes te conocimos. 

Sabiendo que yo era enfermero, muchas veces me has ido contando esos detalles del tratamiento que no hablabas con nadie más. No parecía que hablásemos de potentes fármacos con tóxicos efectos secundarios, parecía que hablásemos de los caramelos que más te gustan:

-También me ponen un suero que es rojo.
-¿Doxorubicina?
-¡Ése!

Todavía estoy esperando a que muestres tu enfado, tu odio, tu ira. Pero no. Conmigo nunca has tenido una mala palabra del hospital, de las enfermeras o los médicos, de esperas, de horarios... Ni siquiera cuando te dieron la noticia de que el tratamiento había finalizado. No lo entiendo. 

Bueno, sí que lo entiendo.

O

P
T
I
M
I
S
M

es que te suspendan el tratamiento porque ya no funciona nada y que, delante de tus hijos, les digas "como este año no habéis sacado buenas notas, nos vamos al pueblo en vez de a Nueva York. Si el año que viene sacáis buenas notas, iremos a Nueva York". Todo esto mientras, casualmente, coincidíamos en el control de seguridad del aeropuerto. Y yo me lo creí, que habría otro año y que habría Nueva York. ¿Por qué no? Hacía años que nos conocíamos y siempre que decías "iré con ___ a ____ el próximo ____" se había cumplido.

Y es que, desde que te conocí, demostraste que el tiempo no está ahí para simplemente existir, para respirar y latir mientras se está alienado entre las cosas intrascendentes, es para vivirlo, para aprender, para conocer, para mirar con la curiosidad de los niños, para viajar... Pero, sobre todo, para estar con aquellas personas a las que aprecias y quieres.

Hemos convertido las enfermedades en seres de carrne y hueso porque es más fácil luchar contra algo que conocemos que contra fantasmas. Pero ¿tenemos la obligación de luchar contra las enfermedades? Dependerá de si prefieres focalizar tu atención en el problema o en la meta que quieras conseguir. Lo malo de luchar, además de estresarte y cansarte, es que, se puede perder y se corre el riesgo de que -tal como he visto en otros sitios- se te acuse de no luchar lo suficiente o de no hacerlo bien, ¡como si dependiese de la voluntad de cada uno el eliminar un carcinoma lobulillar infiltrante! ¡Faltaría más! 

El otro día, cuando todavía estabas bien, me quedé al otro lado de la puerta porque, aunque estaba entreabierta, habían colgado el cartel de "visitas restringidas". Cuando me respondiste al mensaje de que era bienvenido, ya era tarde, ya me había ido. Al día siguiente, cuando volví, sigilosamente abrí la puerta y estaban las cortinas bajadas. Tu madre salió de la penumbra para decirme que no tenías un buen día. En aquel momento, el mensaje de la noche anterior en tu muro de facebook cobró mucho más significado, eras perfectamente consciente de la situación y, sin pena, la afrontaste.


Ayer tu madre me dijo que el tránsito fue rápido, sin sufrimiento. Me alegra mucho saber que no te resististe a lo inevitable, que pudiendo optar por aferrarte a la vida y racanearle unos días al calendario -largos, penosos y agónicos, como he vivido en otras ocasiones como profesional desde el otro lado de la cama- decidiste culminar tu biografía con un decidido punto y final, sin titubear, como quien es perfectamente consciente de que el único compromiso que tenemos al nacer es que acabaremos muriendo. La última enseñanza y, tal vez, la más difícil. Gracias.

Te acabas de ir para siempre, mucho antes de lo que te hubiera gustado, mucho antes de lo que nos hubiera gustado, pero debes saber que mientras sigamos respirando y sigamos latiendo, serás eterna.

Buenas noches.

miércoles, 1 de noviembre de 2017

La DUI o cuando un amigo se va...¿a Bruselas?

No me he podido resistir y voy a escribir sobre la DUI (Duelo Unilateral Involuntario).

Porque de eso trata la DUI ¿verdad? Llevo semanas sin enterarme de noticias y lo poco que he percibido en el ambiente es que todos hemos perdido algo.

Así definen el duelo. Como la reacción psicológica y conductual ante la pérdida de alguien o de algo. Afloran en nosotros sentimientos de tristeza y nostalgia. Nostalgia que, por cierto, comprendí mucho mejor cuando me explicaron que viene del griego "nostos" recuerdo "algia" dolor. O sea, el dolor que produce el recuerdo.

Y hoy en día tener dolor y sufrir está mal visto. Y buena parte se lo debemos a la moral cristiana post-jesucrística que centró en la culpa y en el dolor buena parte de sus pilares para la expiación de los pecados.


Tal es la tradición que toda la cosmovisión actual de una u otra forma ha girado entorno a esta concepción. Incluso el hedonismo actual y procurar bajo todos los medios no tener dolor (véase aquí que mi masoquismo no es tanto en lo físico sino en lo psicológico, o mejor aún en las oscuras relaciones que tienen ambos tipos de dolor) cae en la trampa de cuanto más quieres huir de algo, más presente y cercano se aparece en la conciencia.

Lo digo por las famosas fases del duelo de Kübler-Ross que, como no puede ser de otra forma, todos aceptamos porque negar la evidencia queda poco ortodoxo además de generar disonancias con la realidad que no fomentan una convivencia sana entre iguales.

Pero volvamos a hablar de política, que me desvío del tema.

Como les decía, es innegable el trance por el que todos pasamos durante el duelo pero y si hemos establecido toda una forma de comprender el mundo desde una premisa falsa (esto pasa a diario pero se nos da muy bien disimular a todos como si nadie nos hubiésemos dado cuenta).

La premisa falsa es que perdemos algo o alguien. Y las pérdidas, normalmente, no suelen ser declaradas de manera voluntaria y unilateral. Es decir, normalmente utilizamos expresiones del tipo "Dios se lo ha llevado" "era su hora" "la cosa estaba de irse" "ens roba" etc. para expresar la pérdida de alguien.

Y dejamos en manos de un ente o de algo que no podemos controlar, el hecho de que hayamos perdido un ser querido.

Pero qué ocurriría si de manera voluntaria y unilateral nos aplicásemos el 155 tomando la decisión de perder a algo o alguien querido. Racionalmente sabríamos que sigue estando ahí pero hemos decidido perderle y continuar la vida con esa pérdida. Podemos sacar una valiosa lección de esta actitud idiota que consiste en infringirse un duelo por voluntad propia. Y que en la moral cristiana jesucrística ya encontramos un probable ejemplo en el famoso versículo: "Déjalo todo y sígueme" que se ha interpretado a lo largo de la historia como un voto de pobreza haciendo alusión a los bienes materiales pero no hace falta retorcer mucho la interpretación para encontrar en esas palabras una apología al abandono voluntario de lo que tenemos en nuestra vida. 

Algo muy similar a la filosofía budista que hace alusión a que para ser feliz más que tener un camión lo que hay procurar es "no desear nada". Pero hay un matiz, ya no es tanto desear como haber deseado, haber "poseído" y haber liberado.  Por ejemplo, debe ocurrir algo similar cuándo eres padre con los hijos. Has deseado tenerlos (o los medios para impedirlo no funcionaron), has creído tenerlos como si de una posesión se tratase e irremediablemente en la vida ves como se alejan y son libres dejándote una sensación de duelo si bien es cierto que cambiando el status quo puedes seguir disfrutando de ellos.


Pero entiendo que el duelo que Jesús (el hijo de María y ¿José?) propone es soltar amarras en vida y con fe tirar para adelante a pesar de saber que esta al alcance de tu mano recuperar lo que voluntariamente has dejado marchar.


La senda. Hocks
Porque el mayor duelo que tenemos que realizar es el de nuestra propia vida. El de nuestra muerte. Saber que llegará el momento en que abandonaremos todo lo que hemos sido, tenido y poseído. Y no pasará nada. Caminamos con paso firme y decidido hacia la muerte mirando hacia el paisaje en vez de hacia el camino que recorremos. Y no queremos afrontar el precipicio que tenemos enfrente. Le damos la espalda y creemos avanzar en dirección contraria pero realmente tenemos a la muerte pisándonos los talones a cada paso. Podría desprenderse de este argumento una silente apología o justificación del suicidio, pero más bien la concepción de afrontar la vida como un cese voluntario de lo que somos y tenemos supone una forma de aceptación total e integradora de la vida. Para ir practicando pueden ir induciéndose duelos voluntarios y transitarse a sí mismos observando cómo encajan poner rumbo a "Bruselas".

Franjuan.